domingo, 20 de septiembre de 2009

Un rompecabezas

Cuando era apenas un niño de 10 años me regalaron un rompecabezas de millones y millones de piezas o, al menos, así lo recuerdo. El dibujo que estaba impreso en él era el de un puente de madera justo al lado de un pequeño río oscuro y arboles de un follaje anarnjado y un verde opaco. Por supuesto que las piezas eran tan diminutas que apenas las podía agarrar y era imposible saber que parte del dibujo eran y, aún así, cada pieza tenía un sinfín de detalles.

Debí haber sido otra persona y observarme durante las horas y horas de tan arduo trabajo, justo desde el momento en que tiré las piezas, como se tira arena al piso, y empecé a armarlo. Al principio tomaba piezas que no me daban ni una sola pista y decidí emplear estrategias sencillas, como agruparlas por colores pero hubiera sido muy lento y tenía que terminarlo rápido, era un hombre exigente. Luego separé las piezas del marco que son mas fáciles de identificar y así fue como conseguí conectar las primeras piezas.

Solo me levantaba para comer, no había en el mundo nada mas importante para mí que continuar mi trabajo. Durante la noche me dormía al lado del rompecabezas, soñaba incluso con él, reunía fuerzas para lidiar con él la siguiente jornada. Mis hermanos me decían que era un obsesivo y eso me iba a causar muchos problemas en la vida, a lo cual solo contestaba que no se atrevieran a tocar mi rompecabezas, que yo debía armarlo sin ayuda alguna.

Después de una semana de continuo empeño arme la mitad del enorme armatoste, no podía creer que me hubiera tomado tanto tiempo y llevar tan poco, seguramente era culpa de las interrupciones de la gente, debía encerrarme. Así lo hice, como pude jale las piezas a mi cuarto y proseguí.

Al menos ya había pasado lo mas difícil, pero seguía el punto crítico una gran parte del lago era negra y no había forma de ubicarlos por los colores, solo por las formas y siluetas cada una de esas piezas. Afortunadamente eran vacaciones y la escuela no habría de robarme el tiempo.

Pasó otra semana y el trabajo estaba casi completo cuando sucedió la desgracia, fue un golpe muy fuerte, como al sentirte engañado y no tener alternativas ni alguien con quien vengarte justamente, faltaba una pieza, solo una. La busqué por todos lados, en cada rincón de la casa y no logré dar con ella. Así nadie apreciaría mi trabajo porque estaba incompleto, la gente es muy exigente con los artistas. Aprendí la lección, tal vez mis hermanos tenían razón...